POESÍA MEXICANA: “EL CAMINO DEL CENZONTLE”

Poeta y clínico orientado al psicoanálisis y la psicología analítica. Es miembro de los colectivos Naufragio y Grupo Cero, y Coordinador del área de Psicoanálisis de Taller Maladrón. Ha publicado ensayo, cuento y poesía en revistas electrónicas e impresas como Errancia… la palabra inconclusa, Periódico de Poesía UNAM, Liberoamérica, Círculo de Poesía, Lumo, Primera Página, Los Bastardos de la Uva y La Piedra, entre otras. Actualmente se dedica a la escucha clínica, la difusión crítica de la cultura psicoanalítica y a la defensa empedernida de los territorios colectivos del ocio y el deseo.

El Camino del Cenzontle

Emanan del temblor de nubes en el piso
algunos sones contrapuntos de mi marcha,

dibujo guiños circulares en los charcos
y compongo barcas para naufragar de nuevo
por estas calles que caminan por mis pasos
bajo el harapo de una lluvia enfebrecida.

¿Por qué llora la jacaranda entre murmullos?,
¿por qué juega a la nave de papel y al río
─corre que corre con el niño de mis venas─
entre las piedras y los sueños y otras flores?

Al decir:
—¡caducifolios los horrores
que solamente llegan a ser ellos mismos
si ya no queda ni una hoja de esperanza!—,

su corola nace para pronto morirse
pero siempre bajo una verde templanza.

—¿Entonces qué será un poeta ─me pregunta─
sino la memoria de troncos y raíces,
cuando botón brota de nuevo y sin saberse,
desasiéndose del silencio que le embarga,
ignora ser la primavera renacida?

Cuando cierro los ojos contemplo al fin la gota,
enmudecido al pájaro traslúcido de la garganta:
aunque inmutable sobre el vértice más elevado
de la inveterada múltiple pirámide resquebrajada
trastorna la suspensión meditabunda
para entregarse al tremolar de la palabra.

Vi reventar a los botones de la noche,
oí cantar a la constelación eléctrica
y me extinguí con una grieta de luz
al atravesar fugaz el cielo.

Besé el centro de la gota en el quebranto
y se incrustaron en mis labios sus astillas.

Me renovó después la sangre de la savia,
fui la gota
y vi disolverse entre cortinas
aquello que encontré de hueco en la materia,

pues fui también el niño al florecer sus palmas:
se le abismaba un abismo entre las manos
cuando al fin las nubes estallaron de risa.

Los adoquines se alineaban bajo nuestros pies
envueltos en luz nuestros propios ojos nos miraban
arrellanados, desdoblados en el fondo del reflejo.

Consideramos que piramidales quisieron ser
los cargos desmedidos de los bancos,
de esas almas duras que sólo se sosiegan
detrás de la pupila ─siempre en el exilio─
con el pago de una deuda sostenida
sobre una lanza que atraviesa letalmente
lo que siempre se debieron los amantes
endeudados,
empeñados
en hallarlo
sin saber que no existía.

Esos

que dormían entre las ruinas:
los refractos,       los reflejos;
los que se escondían entre papeles
y entre papeles asomaban ya polillas
dispuestas a fundirse
en un instante de luciérnaga:

los suicidas
los psicóticos
los orgiásticos
y los parias,
los reencontrados en las alas de fuego del llamado
encaracolados en la coroladura,
derramando los planetas,          reposando entre las plantas.

Las piedras reunidas en el suelo,
como una multitud de orishas,
nos sostenían a todos con un mirar terrible y amoroso:

Yemayá chalchihuitlicueaba sus tambores
y Tonantzin vestía el cuerpo de María

Atezcatlipocado el niño Elegguá soñaba
que se convertía en una serpiente de humo negro:
misma como elefante o como ratón reptaba
pues llamándose mensajera o antigua lengua
si una vela se encendía, el camino revelaba.

Quetzalcóatl arrancaba a Cristo Yólotl
de una cruz calcinada por el odio humano
y la Coatlicue confrontaba la caída del lucero
que blandió su risa en el alma de la carne
con el jade de las plumas          de quien prometió su regreso.

Esfera miré calcinarse las alas de cada mito:
los pájaros incendiarios volaron del trino
y las ciudades imaginarias volvieron a revelarse;

los miles de millones de años de espera
que una estrella muerta guardó en su primer pulso
reventaron la semilla guarecida en el ojo
hasta salir la jacaranda por el resquicio del iris
que habría de quebrar, más que al espejo,
al propio humo.

Entre cristales molidos y encenizados
aparecieron las eternas metrópolis todas ruina,
todas bosques de fieras y madrigueras
llenas de pétalos que amamantaban
el aullido incontenible de la hembra
en la siempre inacabada plenitud de su grito,
al proclamar con el riesgo de la certeza
la falta de huecos en los escombros
para concretar abismos
que pudieran ser habitados.

Porque hasta la ausencia parece ausentarse
de la memoria desmoronada de cada hombre,
pero alguien tiene que hacer el corte
para recordar que en verdad nada fuimos
antes de la simultaneidad de los tiempos verbales,

que no hubo Dios que no sometiera a sus creaciones
y que aún la criatura puede enseñar algo a los Dioses

como quien a los miasmas da clases de anatomía
a la espera de hallar en el error el núcleo de su hambre.

—También los volcanes estallarán de risa.
—espetó una esfera negra
sobre el vértice de su palabra
—En todos los funerales se cuenta un chiste,
todos los ágeles necesitan una caída
y toda caída nos inicia en la Ley del Caos.

Mi pirámide se desdobló sobre un cubo de tierra
y conocí de nuevo las entrañas de mi madre:
ya no el amor, ni la muerte, ni la poesía
sino museo de cuernos y de colmillos
en los que iba con una mujer desconocida
que mismiseó como la reina de las serpientes
y desapareció dejando apenas la piel de sus palabras:
—Todos tenemos un diminuto terreno
infinito de placer inalienable —dijo.
Y devoré su carne con la parsimoniosa avidez del mendigo
y me libé gozoso a la vorágine de sus fauces
hasta hundirnos en un agujero blanco
devolviéndonos a la sagrada indigencia de lo deseante.

En la punta invertida de mi obelisco
pasó un tren en el que había estado
desde hacía tantas estaciones del Samsara
junto con todos los montones de polvo
que descubrieron que el amor no les pertenecía;

cruzó como una flecha los caminos intransitables
y entre las cortinas de mi pecho surgieron
mis veinte rostros desconocidos para cualquier agua
y en cada rostro surgieron trece soles
que se reprodujeron ventana contra ventana
una vez que me abrí paso al salir de la estación
del presente impertérrito que me habitaba.

¿La mirada?, tiene un vasto charco de miradas
en que un jinete de segundos iza el correteo,
el transcurrir de los corceles al placer cubre de polvo
o se entretejen las pupilas en hilaje sin palabras
y el rebaño insomne en la vigilia del ensueño
afila los cuchillos de la boca para lacerar el tiempo.

Flor dormida el no dar paso hacia lo lacerado,
si anestesiadas quedan las horas arrendadas de la vida
al esculpir un sueño sobre el charco de los mundos
sin usar los filos para abrir los ojos de cada lapso
ni dejar que fluya algo de luz en el desborde
sobre las calles que se esconden de los mapas.

Queda, pues, hacer de nuestros pasos armonías,
caminar entre las partituras de signados edificios
sobre helados pentagramas,
tiritar con las farolas al rugir de los metales,
ya quebrado en cada cruce el trepidar de sus crujidos,

para decir que la sangre aún palpita y se renueva,
que se escurre entre dos piernas amoratadas

y sigue haciendo ríos que corren por las plazas
y toca puertas en el nombre de la tierra,
en el nombre de los muertos,
en el nombre de los nombres
o detona terremotos que revientan a su paso
las arterias abandonadas de este polvo
que nada
sabe
de la Nada.

Delante de las ondulaciones que fue dejando mi camino,
las chispas de nube refractan el atardecer de las palabras

y si después los niños vuelven y juegan con el lodo
y un cenzontle dispuesto a derramar ciudades
nos convoca como a las plumas y las voces
que cayeron desde el árbol de las profecías
sobre su diminuto inabarcable pecho;
si estallamos trino a trino en el fractal de su delirio
y si matamos el canto sólo para revivirlo…

se quebrará la esfera del silencio estruendoso entre las calles
de todos esos ríos que desembocan en otros ríos,
de todos esos nombres de ciudades y otros nombres
de tantos hombres y mujeres que también cantaron
otro mismo canto de piedras y hojarasca.

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